Entradas

El último día del profesor Sandoval

  La lluvia duró apenas cinco minutos, pero el profesor Sandoval sintió que era la misma lluvia fría de hacía más de cincuenta años. Aquella que, con doce años, lo dejó calado hasta los huesos en un parque, solo, mientras su padre (violento, cuya muerte nunca lamentó) bebía cerveza con su padrino en el pasaje Rivas. No entró a ninguna cafetería. No buscó resguardo alguno. ¿Cómo busca casa un niño abandonado? Le daba vergüenza. Se quedó en la banca, empapándose, miserable y triste, mientras todos corrían a resguardarse en los almacenes de calzado. Él, en cambio, recibía la lluvia como si fuera un castigo autoimpuesto: como no comer, aunque tuviera hambre, para contrariar a sus padres; como no ir a ese paseo; como, años más tarde, no llamar a ese amigo, castigarlo a él, castigarse a sí mismo, y volver a castigarse al volverlo muerte, sin decirle nada. Y ahora, entrando mojado, sin correr, con la lluvia que hizo tiritar la mismísima estatua de Santander, con ese retorno físico, húme...

Los cajones de los muertos

Hubo una época donde nadie se había muerto, era como si todos hubieran existido desde siempre. O era siempre, porque siempre de algún modo comprende la distancia donde antes nadie era nada para uno, porque uno no era nada para nadie. Hubo una época, recuerdo haberlo pensado así en la cocina de leña de la abuela de Monguí, donde a los ocho años era consciente, en esas revelaciones lúcidas de hechos evidentes que tienen los niños, de que todos los que existían para mí estaban vivos.  Los muertos eran entonces sólo titulares de los noticieros, desconocidos fallecidos por una bomba implacable, alguna masacre, un accidente de carretera, acaso por mucho la familia que vimos una vez, o recuerdo haber visto sólo una vez, de la que luego supe que un tío, una madre y una suegra habían muerto, y mi mamá me explicaba que al niño superviviente le habían cosido la piel de la nalga en la cara y la garganta, y yo, aterrado, me imaginaba eso, y me aterraba esa cirugía misteriosa mucho más que lo qu...

El fin de la Universidad

  No hay nada —ni nadie— verdaderamente deslumbrante que, al mirarse de cerca, no esté lleno de sombras. Todo idilio está condenado a una desilusión futura: el amor por otro, la vocación profesional, los proyectos políticos... Todas las personas y todos los empeños humanos me han conducido, tarde o temprano, al desencanto. Toda búsqueda guiada por la promesa de la maravilla desemboca en un mundo distinto al imaginado, como les ocurrió a los conquistadores que perseguían el mítico país de la canela. Sin embargo, he comenzado a pensar que eso no es necesariamente malo —ni esencialmente trágico—. Recuerdo que Efraín Medina Reyes decía que quería que su epitafio dijera: “No hubo nada ni nadie a quien no haya decepcionado.” Tal vez esta pulsión contemporánea por desacralizarlo todo y a todos sea, en el fondo, saludable. Nos permite ver las cosas con mayor complejidad. Y quizá sea precisamente en la decepción donde se abre la posibilidad de comprender, de descubrir, de ver —al fin— las...

Sexo y amor durante la pandemia

  Mi amigo Andrés, a quien la cuarentena lo tomó atrapado en Europa, me escribió el martes a las 2 de la mañana. Está preocupado por no ha podido hacer el amor desde hace 4 meses, un récord de su vida adulta. A pesar de la flexibilización parcial de la cuarentena, sus dos parejas ocasionales prefieren no encontrarse más con él. La primera, porqué siente que la distancia ha enfriado el vínculo emocional, la segunda, porqué tiene miedo de contagiar a su abuelo de 90 años, que ha cuidado desde el comienzo de la pandemia. Andrés me dice que: “es difícil buscar una pareja sexual en medio de una pandemia” y claro que el palo no está para cucharas, es comprensivo que la gente quiera sentirse segura, más en Europa donde el respeto a las normas es más estricto. Por eso, ha seguido las recomendaciones de las autoridades sanitarias, y ha regresado al siempre seguro autoerotismo. La visión de incognito de su explorador ahora eso su mejor aliado. Como muchas personas en la pandemia ha tenido qu...

Fuera de su cauce

  Estábamos en un bar en una ciudad que no recuerdo, si era Boston o Chicago, cuando de repente comenzó a salirme a chorros el español, y comenzó a mojar la mesa a borbotones. Era algo que no podíamos detener, al punto de que ella se asustó y trató de ponerme una servilleta en la boca, intentando en vano contener el flujo incontenible de español. Un mesero se acercó muy asustado, tratando de ofrecer alguna ayuda. Ella les dijo que le daba pena, que el español me daba a veces como ataques epilépticos, que no era posible hacer nada sino esperar. Entonces comenzamos a ver cómo seguían saliendo todo, como si una represa mal hecha se hubiera roto, y entonces comenzó a llenar el suelo entero, a cubrirlo y a limpiarlo. La gente del bar, aterrada, veía la suela de sus zapatos llenas del idioma, y comenzaba aquella marea de palabras a subir hasta mojarnos a todos. Algunos comenzaron a retirarse al ver que las palabras les llegaban a las rodillas, y siguieron subiendo hasta mojarlos do...

Los antivacunas en el espejo

  La lucha contra los antivacunas es para mí algo profundamente personal. Personal, porque compromete una de mis convicciones más profundas: la irracionalidad tiene graves efectos sociales y está detrás de muchas de las desgracias humanas. Personal, porque en mi oficio como salubrista, veo en los antivacunas una de las principales amenazas a la Salud Pública global. También es personal porque fui víctima, como muchas personas que tuvieron cierta visibilidad durante la pandemia, de amenazas y acosos por parte de personas antivacunas, una de las cuales llegó a amenazar por internet con violar a mi hermano. Durante mi etapa como director de Epidemiología, me vi en la obligación de firmar decenas de respuestas a ciudadanos antivacunas. Estas personas solicitaban desde pruebas de la existencia -incluyendo ¨fotos¨-   del virus hasta la detención inmediata de la vacunación, argumentando que estábamos ante un genocidio. Afirmaban que las "vacunas experimentales" estaban causando mu...

El sistema editorial de la ciencia está roto

El sistema editorial de la Ciencia globalizada está roto. Todo el mundo lo sabe. Varios lo gritan. Se publican denuncias en periódicos y revistas científicas, pero nada parece cambiar; o los cambios son muy tímidos. Cambios cosméticos para calmar el ánimo, guiados solo por la corrección política. He sido editor de una muy buena revista colombiana desde hace varios años, y desde hace meses también de una revista internacional, relativamente nueva pero muy prestigiosa. Esta última, sujeta al sistema editorial globalizado, se me ha vuelto un dolor de cabeza, principalmente por la dificultad para encontrar revisores, lo que hoy en día es toda una proeza para casi cualquier editor científico. Tengo artículos donde me ha tomado contactar hasta quince revisores para al final encontrar tres que acepten, y de esos, uno que cumpla. La verdad es que cada vez es más difícil encontrar revisores. Son escasos, y la calidad de todo el proceso editorial orientado a garantizar cierto grado de rigor y de...