Los cajones de los muertos

Hubo una época donde nadie se había muerto, era como si todos hubieran existido desde siempre. O era siempre, porque siempre de algún modo comprende la distancia donde antes nadie era nada para uno, porque uno no era nada para nadie.

Hubo una época, recuerdo haberlo pensado así en la cocina de leña de la abuela de Monguí, donde a los ocho años era consciente, en esas revelaciones lúcidas de hechos evidentes que tienen los niños, de que todos los que existían para mí estaban vivos. 

Los muertos eran entonces sólo titulares de los noticieros, desconocidos fallecidos por una bomba implacable, alguna masacre, un accidente de carretera, acaso por mucho la familia que vimos una vez, o recuerdo haber visto sólo una vez, de la que luego supe que un tío, una madre y una suegra habían muerto, y mi mamá me explicaba que al niño superviviente le habían cosido la piel de la nalga en la cara y la garganta, y yo, aterrado, me imaginaba eso, y me aterraba esa cirugía misteriosa mucho más que lo que podría aterrarme la orfandad, porque no podía entender lo que era morir, o lo que era que se le muriera la gente a uno.

Despierta uno un día, en las mañanas de adultos que se van entre reuniones y eventos, y descubre uno que ya puede pasar una mañana entera pensando en la existencia de los muertos, que antes no era ninguno, pero que ahora son varios, en esa existencia que tienen las cosas, pero, sobre todo, que tienen las personas que dejan de existir. Esas cosas perdidas, destruidas, quemadas, ese libro que me robó Gabriel Sánchez por venganza, ese juguete que me rompieron en el colegio, ese álbum casi lleno de Nintento que se me quedó en la buseta de Don Marcos. 

Existen todos como existe para mí todavía esa casa ya rota pero que aún se sostenía entonces cuando la descubrí con mi hermano Miguel entre unos matorrales de Pacho, donde alguien vivía, aunque no a esa hora, donde había una alberca gigante que era una piscina para los niños, donde alguien misteriosamente hizo un mural de una caricatura de los noventa, y existe aún hoy con sus partes de entonces, como decido recordarla y transformarla, aunque años después hayamos visto juntos que de la casa, que ya estaba destruida -como los enfermos que vemos por última vez antes de desaparecer-, quede hoy apenas un hoyo, unos ladrillos envueltos en el extraño amor que da el musgo cuando cubre las cosas. Existe porque puedo recordar esa casa, o creer que la recuerdo, aunque sea yo contándome esa casa de la que a nadie he hablado, pero existe como otra cosa, ya inventada, pero no mentirosa, una ficción honesta, una mentira pura, como el paraíso de las naranjas, también en Pacho, del que he escrito ya varias veces.

Como esa casa, como el recuerdo de esa casa, es la memoria de mis muertos, una inventiva fabulosa, magnífica, donde puedo ceder sin miedo a mi pasión por la nostalgia. Mi tío Isaac no era un maldito héroe, no sería justo habele pedido que lo fuuera, pero estoy seguro, tanto como se puede de cualquier cosa que recordamos que nos pasó, de que era cierto que me levantó del suelo, sobre los dos metros de sus hombros, y me hizo encestar por primera vez en una cancha de baloncesto, y que eso me hizo sentir feliz de un modo incomparable. Me parece cierto que me llamó a México a preguntarme un día de la nada sobre “chicas”, y darme consejos ridículos, pero profundamente tiernos. Todo eso tan borroso es, sin embargo, menos cierto, menos incorruptible, que la nota de prensa que dice que tardaron en sacarlo de las latas atrapadas del carro entre Tibasosa y Sogamoso. Su muerte no es inventada, no hay nada místico en que no podamos hablar, aunque a lo mejor, si estuviera vivo, tampoco habláramos, como con ese amigo que se murió, y lamenté no hablar, pero que igual el orgullo pendejo no me permitió llamar.

Existe también José Arturo, un amigo que nunca vi, un obeso mórbido que hablaba de películas y de recetas de cocina, y que tenía guerra con todos los fanáticos políticos y religiosos de Facebook México, que era divertido, implacable, pero sensible a la belleza, y me dio consejos para cuidar el primero de mis gatos, y comenzamos a hablar de muchas cosas, y luego era una presencia constante casi diaria, a la que extrañé dos semanas antes de enterarme por un post en el mismo Facebook que su falla cardiaca, su apnea (de la que siempre se quejaba), que él decía que lo mataría, como cuando escribió derrotado un largo post de que ya no esperaba nada de la vida, que tenía 42 años, que no podía bajar de peso, que no podía ascender de puesto en la universidad, que tenía 4 motos pero no podría volver a montar ninguna, que estaba enfermo y es seguro no le daban una mejor máquina de apnea, y que sabía que se iba a morir, y se murió, y allá le tocó ir a una amiga de Facebook a rescatar a su zoológico, y esto tampoco es mentira, más de 12 gatos, un gato silvestre, varias serpientes, cacatúas, lagartos de colores, un dragón de Komodo, una gallina, alacranes y otros bichos que había acumulado, y me dolió no haberle ayudado, aunque me reconfortaba que, al leer el epitafio en vida, yo le escribí contándole que había comprado un DVD de Sagan y que ya tenía dos gatos, y que de pronto algún día iba a Aguascalientes e íbamos a comer aguachiles y cerveza, e íbamos a hablar de todos esos hijos de su madre godos, y a veces me imagino que pudo ir, y lo conozco, y él me habla de Hillary Clinton, de esa admiración por esa señora, que yo encontraba chistosa, la admiración, digo, no la señora.

Podría seguir así con más muertos, la ventaja que tiene es que nadie se sentiría ofendido, como pasaría con los vivos si olvidara alguno en este recorrido de la memoria. Podría hablar de cada uno mucho, y ojalá alguien me escuchara, y seguramente algún día seré un viejito de esas existencias significativas para uno, que no significan nada para nadie más que no.

Y luego están los cajones. A veces te encargan, literal o figuradamente, vaciar cajones, no me ha pasado con nadie cercano, por eso antes de ser doloroso es una experiencia etnográfica, algo que me consagra como chismoso, y encuentra uno en los cajones de los muertos cosas que uno no espera, una pista que podría conducir a una búsqueda de un tesoro, o ser una pendejada, un videojuego que uno se roba impunemente, pero también algo que es un secreto, algo que sólo uno sabe del muerto, y que uno no le puede contar a nadie, por respeto o porque no le creerían, y se guarda uno un secreto extraordinario, que igual a casi nadie le importaría, y ese secreto que el muerto te da, que no te dio en vida, lo guardas para siempre, es algo que te une, es una memoria a la que no fuiste escogido, pero sólo tú lo sabes, sólo tú la conservas, sólo tú fuiste el último confidente de eso que descubriste de los muertos, y así la complicidad trasciende la vida y la voluntad del que ya no está vivo, y se queda uno solo en la soledad de la muerte y en la soledad de los secretos, acariciando el secreto en el café Quipile del Park Way, este secreto es él o ella, y ahora sólo yo lo tengo.


Comentarios

Entradas populares de este blog

El fin de la Universidad

La soledad del profesor Wasserman