El profesor Sandoval, la facilidad para caer
Para el profesor Sandoval, hoy era fácil caer, pero difícil inclinarse. Al suelo llegaba sólo cuando no quería llegar.
Cuando era su mente la que caía
al suelo, era como si una vasija vieja de colores desteñidos se despedazara en
el piso, y los trozos quedaran todos regados sobre el pavimento del parque o
del piso del apartamento, en partes asimétricas de tamaños variados.
El profesor Sandoval, a quien
metafórica y figuradamente le costaba hoy tanto inclinarse, se agachaba para
recolectar las piezas, juntarlas y rearmar lo que quedaba de sí mismo. Pero
siempre pasaba que había una esquirla pequeña (pequeña pero hiriente) que
tomaba entre los dedos para contemplarla, y le dejaba una herida antes de ser
descartada, siendo incapaz de reconocerla como parte de sí mismo. “¿Qué extraña
parte de mí mismo es esta?”, se hubiera preguntado, si se hubiera podido
preguntar algo allí mismo desde el suelo.
También otras veces había pedazos
que rodaban bajo la alfombra o desaparecían misteriosamente de su vista, y la
vasija vieja tenía que ser armada así, ignorando el tamaño y la forma de lo que
había perdido, más allá de lo que podría intuirse por las partes faltantes.
Eran pedazos de sí olvidados que
ya no podía pegar.
Su mente, su memoria, era esa
vasija vieja, metáfora fácil que él mismo odiaba, ese viejo recipiente donde,
al servir nuevas cosas, estas se fugaban por los huecos de las fracturas
acumuladas con el tiempo; una vasija fácil de quebrar, incompleta, poco resistente,
con partes irrecuperables, pero que conservaba su identidad, que seguía siendo
lo que era y algo de lo que había sido, tenía una forma, una función, y desde
lejos nadie podría ver sus cicatrices ni las múltiples partes perdidas bajo la
alfombra.
En cambio, cuando era su cuerpo
el que caía al suelo, era como si sus huesos fueran más resistentes que el
plato viejo de su mente, y aunque el dolor era inmenso, ni una sola vez se
había fracturado. Sentía, eso sí, un malestar inmenso en los hombros y en los
muslos, pero sobre todo en su dignidad propia. Más de diez veces había caído al
suelo en el último año, varias veces estando solo, mientras preparaba un huevo
en la soledad de su apartamento, o de madrugada caminando en el parque cerca de
su casa, desde que el insomnio lo obligaba a despertar antes que los
deportistas del Park Way, y allí estaba él, de bruces sobre el suelo, lastimado
y enojado de ese contacto con el piso, a veces con la intuición del sabor de
tierra en su boca.
Lo más difícil de caerse (otra
obviedad) era la operación de ponerse de pie. No sabía si era peor recibir
ayuda de un desconocido que lo miraba con compasión y lo jalaba sin delicadeza,
esperando que, al ponerse de pie en el cuerpo, se pusiera de pie su dignidad, o
si cuando estaba solo, luchando por varios minutos con sus propios codos y sus
manos arrugadas, para impulsarse en varios intentos y movimientos en cada uno,
para primero sentarse y desde allí erguirse, para continuar con el traje lleno
de polvo en su caminata de madrugada, o apagando el fuego al huevo ya quemado,
luego de varios minutos de esa operación dolorosa de levantarse la que no había
testigos.
Caer, ya lo dijimos, era fácil
sólo cuando no quería caer, pero, en cambio, inclinarse le resultaba muy
difícil, y llevaba por eso varias semanas sufriendo por las nuevas dificultades
para amarrarse los cordones. Había destinado en su cuarto una mesa bajita que
antes usaba para poner su maletín, para poner allí sus pies y lentamente
agachar su espalda y amarrarse los zapatos, lamentando cada día su necesidad
aplazada de comprar zapatos cómodos que no le representaran esa tortura. Esta
situación también se le daba con los mocasines, porque entonces el problema era
que el talón no encajaba en sus pies hinchados y, sin tener un calzador, se
machucaba sus dedos tratando de forzar la entrada con los pulgares.
Había algo que le disgustaba más,
y era que los cordones se le desamarraran cuando estaba en la calle, y le
generaba angustia la posibilidad de caerse por esta causa, dado que sabía que
poder solucionar ese problema podría tomarle algunas horas, hasta encontrar un
lugar seguro, con un sofá y una mesa, o algo parecido, donde, librando esa
lucha con su cuerpo, pudiera amarrarse esos zapatos.
Esa tarde, el profesor Sandoval
estaba en el taxi, otra vez camino a un almuerzo con Verónica, que, con tres
días de retraso, lo invitaba a degustar comida en un restaurante mediterráneo
para celebrar su cumpleaños, cuando notó, molesto y preocupado, que su zapato
izquierdo, negro, elegante y bien pulido, tenía los largos cordones sueltos, y
supo entonces que no había manera, en el estrecho espacio del taxi, en que
pudiera amarrarlos. Iba a tener que llegar al almuerzo con ese largo cordón
arrastrado y enredado por el suelo.
Era frustrante porque había
invertido casi dos horas en verse impecable. Tenía puesto su traje azul celeste
para ocasiones especiales, y la verdad es que ahora sólo tenía tres trajes para
condiciones especiales, un traje hecho a la medida de su panza, una camisa
nueva blanca, que había comprado con botones brillantes, un cinturón café que
salía con los zapatos que odiaba, del mismo color, y un pañuelo perla bien
doblado en la solapa. Había también empleado tiempo en acomodar los pelos
blancos sobre su leve pero real calvicie frontal, y con mucho cuidado se había
afeitado todo, dejando solamente su pequeño bigote, e incluso se había
perfumado con algo que le había convencido de comprar, hacía años, una señorita
en una tienda por departamentos, un día que sólo buscaba un pañuelo para sus
trajes y terminó comprando un montón de cremas que jamás iría a usar. Aquel
cordón largo y enredado, rompía con lo impecable de su presentación.
Entró al restaurante procurando separar las piernas para no pisar el cordón suelto. Había llegado varios minutos antes, lo que le daba tiempo de llegar a la mesa y ocultar debajo su zapato desamarrado de Verónica y del universo entero si fuera necesario. Sandoval no soportaba la idea de ese maldito cordón desamarrado, y le desesperado por la imposibilidad de inclinarse, y recuperar la completitud de sí mismo.
Anunció el nombre de su reserva, y le pidieron esperar de pie sobre la barra, mientras alguien venía a acomodarlo, lo cual le generó una ansiedad infinita por la posibilidad de que Verónica llegara antes. Pero fue entonces cuando un señor de unos cuarenta años que estaba enfrente, revisando la carta y también esperando su reserva, volteó hacia atrás, y sus ojos se iluminaron ante el reconocimiento mutuo.
Gabriel estaba con una mujer de su edad que se quedó mirando la carta, mientras él abrió los ojos inmensamente y le dio un abrazo a Sandoval, con la emoción auténtica de verse luego de más de quince años.
-Profe, qué gusto, qué alegría
verlo acá.
- ¿Sánchez?, está hecho usted un
señor muy distinguido.
- Nada, usted es el que ahora
anda todo elegante, lo veo regio. Eso sí, usted jamás aceptó las corbatas como
una posibilidad.
-Ni las corbatas ni muchas más
reglas a las que no hice caso, y ahora resulta que ya no son reglas. Menos mal.
Así, ¿qué cuenta, Sánchez? ¿Siguió escribiendo? ¿Dónde anda?
-Nada, profe, me vendí al sistema. Soy un abogado de bufete, de esos que ganan casos para ricos, y cuando escribo solamente Diana me lee. Diana es mi esposa —dijo, señalándola con los ojos, ella aún de espaldas, pero intuyendo que al profesor Sandoval nunca le ha gustado que le presenten gente nueva.
Diana se volteó al final para
tocarle el hombro a Gabriel y decirle que ya podían ir a la mesa.
-Este es el profe Sandoval, ¿te
acuerdas de que te he hablado de él?
Diana, sonriente, extendió su
mano y le dijo:
-Sí, claro. Gusto en conocerlo,
profesor, soy Diana. ¿Está usted solo? ¿Quiere comer con nosotros?
-No, muy amable, estoy esperando una exestu..., una amiga. Tengo una reserva, ustedes sigan.
Justo antes de despedirse, y por
la historia que compartían juntos, el profesor Sandoval no pudo evitar mirarle
los zapatos a Gabriel y sonrió al verle unos elegantes zapatos modernos bien
amarrados, con pinta de nuevos y con un café resplandeciente sobre una suela
ancha.
Gabriel, que entendió el gesto,
miró sus propios zapatos y, por accidente, dentro del mismo ángulo visualizó el
largo cordón desamarrado de su profe, pero eligió no reaccionar y levantó la
vista, le dio una palmada en el hombro y le dijo:
-Que le haga mucho provecho, acá
la comida es muy rica.
Finalmente, luego de otros cinco
minutos de pie, un mesero lo acompañó a su mesa, en un rincón, al lado de una
gran ventana que daba a un jardín con una fuente de agua antigua, detrás de la
que había una pared de ladrillo tapizada por plantas trepadoras, que llenaba
toda la pequeña pero bien arreglada mesa en que iba a esperar a Verónica.
El recuerdo de los zapatos de
Gabriel había sido como un destello que le había abierto un recuerdo, del mismo
modo que el olor a Amaretto, hacía varias semanas, en un café del centro, le
recordó las borracheras de Hugo, cuando se ponía a gritarle a los taxistas de
la calle once que “viva el Partido Liberal”, sin sentido ni convicción alguna,
solamente como un actor desquiciado sin libreto, que se escapaba del escenario
para profetizar.
Gabriel era entonces un
estudiante inquieto e insaciable, que comenzó a buscarlo por sus referencias a
libros escritos sobre libros que nunca habían leído: libros sobre libros que no
existen. El profesor Sandoval le habló alguna vez de “escritos filodoxos”, de
novelas o ensayos construidos alrededor de libros ausentes, perdidos o
simplemente no leídos, y quedó obsesionado con esa idea.
En el primero de esos casos, el
maestro Llanos le dedicó un libro entero a la historia de otro libro que
supuestamente había escrito un antiguo y desarrollaba, a partir de él, toda una
serie de influencias en su producción académica. En el prólogo explicaba Llanos
la importancia de dedicarle toda su obra a un libro que no había leído, y que
no leería, y de hecho decía que tenía más posibilidades de escribirse sobre un
libro conocido.
En otra novela, más reconocida,
el robo de un libro perdido que nadie había leído desataba una sucesión de
crímenes. Esa le encantó, pero sólo la leyó por la conexión con esta misteriosa
colección. Pero el que más le interesó a Gabriel fue el último: la recopilación
escrita por un profesor olvidado que había publicado, en la editorial de la
misma universidad, varios ensayos dedicados a textos que el autor conocía,
supuestamente, únicamente por otros que sí los habían leído y que le habían
contado, y a cuya lectura él mismo había terminado por renunciar. Este señor
era acaso el más interesante: ya no eran libros perdidos o de existencia
dudosa, no; eran libros que existían, y el autor elegía no leer, pero sí
analizar a partir de lo que le habían dicho.
Sandoval había soltado todo como
un chiste en clase: que los libros sobre libros perdidos, inexistentes o jamás
leídos constituían por sí mismos un género literario. Comenzó por una
referencia famosa de una carta de un célebre evolucionista que había escrito
para responder otra que nunca fue encontrada, y que sus enemigos juzgaban como
un engaño para ensalzarse contestando un ataque imaginario. Gabriel, que
entonces apenas pasaba de los veinte, se tomó la broma en serio y lo persiguió
durante varios viernes para que le diera, uno por uno, los nombres de aquellos
libros. Quería conocer a los escritores y ensayistas de libros fantasmales.
La relación estuvo basada
entonces, más allá de las clases, en encuentros de cafetería, en tintos de mil
pesos muy calientes, servidos en vasitos de plástico con cobertura café, de los
que se podían tomar tres o cuatro una misma tarde. Sandoval llevaba a esas
mesas cubiertas de terrones de azúcar aplastados los ensayos que debía
calificar hacia las cinco de la tarde, y hasta allí llegaba Gabriel a
sentársele enfrente y preguntarle por esos libros. El profesor le refería
referencias imprecisas al principio, y con ellas Gabriel lograba ubicar el
libro con el nombre inexacto en la biblioteca, pero al final, el profesor,
entonces vigoroso y corpulento, se paraba y caminaban juntos por el pasillo
largo hacia la oficina, y allí Sandoval sacaba de una caja de cartón libros
absurdos de editoriales extintas para la colección de libros sobre libros que
no existen.
Esa relación se edificó así, como
un amor a las ficciones honestas, al hablar sobre lo no visto, a lo incompleto,
a lo roto, a la pasión por lo desconocido, y por eso fue fácil, luego de un
semestre, que pasaran al género literario de libros incompletos, estos sí más
conocidos, pasando desde los que murieron antes de terminar su obra, como
Kafka, los que trataron de incendiarla parcialmente, como Sábato, o los que
sencillamente no se les daba la gana de acabarla.
Nadie de los que conocieron su
relación académica y estrafalaria sabe exactamente en qué momento Sandoval
comenzó a volverse además el "paga-almuerzos" de Gabriel, que vivía siempre en las
últimas y que varias veces aceptó le prestara un billete para no tener que caminar
a casa, luego de las conversaciones caóticas de la cafetería sobre las mesas
cubiertas de azúcar.
Lo que sí recuerda hoy el profesor Sandoval,
sentado sobre la mesa, más de quince años después, esperando a la siempre demorada Verónica, que llegaba tarde a todas sus citas y temprano a sus nostalgias, es que
una vez Gabriel le contó que había ido a la recién inaugurada Biblioteca
Virgilio Barco para una entrevista de acomodador de libros, y que al entrar en la oficina le habían
mirado sus tenis rotos, desgastados, sucios pero resistentes a toda limpieza,
con riesgo de romperse más dolorosamente, y que estaba convencido de que, en
aquella mirada a sus pies, lo habían descartado como candidato desde antes de haberlo escuchado.
Sandoval escuchó la historia con entendimiento, con la capacidad de discernir todo lo que eso significaba, y no le dijo nada porque ambos entendían.
Eligió, en cambio, decirle una semana
después que había estado pensando y que la creciente colección de “libros sobre libros que no existen” podía interesarle, y que sabía que Gabriel había comprado ya muchos más de
estos luego de recibir los títulos o de investigar por sí mismo, todos comprados en varias librerías viejas del centro o a
revendedores de las calles. Sandoval quería tenerla para sí solo, ahora que Gabriel se
graduara, y le insistió por varias horas para que se la vendiera. Le dijo que con esa colección podría echar el chiste de nuevo en las clases y dislumbrar nuevos estudiantes.
Le ofreció 400 mil pesos, le dijo que no pensaba darle un peso más, ni un peso menos, que era lo máximo y lo mínimo que podía pagarle, que esos libros eran muy valiosos, y que el valor agregado era mayor por el esfuerzo de formar la colección.
Finalmente, Gabriel accedió a
vendérsela toda (cerca de 20 libros) por los 400 mil pesos, y Sandoval la recibió emocionado para luego,más tarde solitario, enterrarla en otra caja de cartón al lado de las otras tantas, debajo de su
escritorio de los años setenta.
Unos días después, en la
cafetería, Sandoval disimuló para mirar los tenis nuevos de su estudiante
Gabriel, quien ese día le trajo otro libro a la mesa, este de un francés que
hablaba de un libro que había traducido de otro libro en español nunca encontrado,
y giró su sonrisa hacia la ventana, viendo lo bien invertidos que habían sido sus 400 mil.
Hoy, más de quince años después,
en unas mesas que sí tenían manteles, ambos pensaban en esa historia absurda,
compartida y entendida solo por ellos dos, separados en el tiempo y en la
distancia, y en la certidumbre de que su secreto estaba en esa sala.
Fue por eso que, para los dos, no
tuvo ninguna falta de lógica que, luego de quince minutos y antes de que la
bendita Verónica llegara a la sala, Gabriel se parara de la mesa, pidiéndole un
momento a Diana, se acercara a la mesa del Sandoval que fingía leer la carta
entre sus recuerdos, le diera un beso en la mejilla, se agachara, le amarrara
los cordones, se parara y le dijera:
-Profe, alguien al que le cuente
esto debería escribir esta historia, o decir que la leyó en un libro perdido.
El profesor Sandoval y Gabriel no eran de conversar mucho de sí mismos, pero se conocían desde la cabeza hasta la punta de los pies, no importaban los zapatos.
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