El futuro de la universidad: de la búsqueda de la verdad a la búsqueda de financiación

 

1.  De las expediciones científicas a los sistemas académicos, de científicos a investigadores, de mecenas a incentivos económicos.

En pocos años, varias universidades a nivel global (cada vez más en Colombia) han pasado de buscarle plata a las ideas a buscarle ideas a la plata. Y lo cierto es que hay una diferencia radical entre ambas cosas que corre el riesgo de desdibujar lo que ha sido, y sobre todo lo que puede ser, la universidad como espacio para el florecimiento de nuevas ideas.

La financiación es, y siempre ha sido, necesaria. Mucho antes de la institucionalización de la ciencia, e incluso del capitalismo mismo que permitió después construir sistemas de innovación e investigación vinculados al interés económico, quienes querían investigar siempre hemos necesitado recursos, a menudo muchos recursos. Desde la Antigüedad y hasta mucho después del Renacimiento, investigadores, inventores, pero también poetas y filósofos tuvieron que recurrir a reyes, aristócratas y mecenas de toda estirpe que, a cambio del prestigio de apoyar una empresa científica, por amistad, curiosidad o simple placer (muchos de ellos eran científicos ellos mismos o aficionados), financiaron desde experimentos estrambóticos e invenciones cuya utilidad nadie podía anticipar hasta expediciones botánicas y oceánicas que hoy consideramos extraordinarias. El libro de “la invención de la naturaleza” relata un hermoso ejemplo, de esa sinergia entre capital económico y la curiosidad científica.

Es así como el propio Darwin difícilmente habría tenido la misma libertad y el mismo tiempo libre para preguntarse por las causas profundas de la diversidad de la vida si no hubiera pertenecido a una familia acomodada de la sociedad victoriana y contado, entre otras cosas, con el respaldo económico de su padre. Darwin fue sólo es posible, en las condiciones que pudiera darse un naturalista de su talla que dio un mayor alcance a preguntas y respuestas que tenían precedentes desde la antigüedad misma, pero que solamente él, y el menos afortunado Wallace (por lo mismo menos reconocido) pudieron desarrollar al punto de volverlo una de las mayores revoluciones científica de la historia. Y, como ellos, podrían darse innumerables ejemplos. Incluso en las matemáticas, donde durante siglos podía decirse que para investigar bastaban luz, papel y lápiz, se necesita los alimentos y el vino de las matemáticas, aunque ciertamente la necesidad de recursos se vuelve cada vez más evidente cuando la ciencia adquiere cierta escala. El viaje del Beagle, la Expedición Botánica de José Celestino Mutis o, mucho después, los viajes espaciales habrían sido imposibles sin una inyección muy generosa de recursos, públicos y privados.

Por supuesto, sería ingenuo pensar que todos estos esfuerzos estuvieron motivados exclusivamente por la búsqueda de la verdad. Los intereses científicos han convivido desde siempre con intereses militares, comerciales y geopolíticos mucho más mundanos. Por eso, el problema que quiero plantear no es que la ciencia necesite dinero, ya que siempre lo ha necesitado, y siempre lo necesitará, y eso es legítimo. El problema aparece cuando el dinero deja de ser el medio que permite perseguir una pregunta y empieza a determinar cuál debe ser la pregunta, o interés, y especialmente quiero discutir que implica eso para la universidad moderna.

La carrera profesional de investigador es un invento relativamente reciente, como también lo son los grandes sistemas nacionales de ciencia y tecnología creados por los Estados modernos. Estos sistemas están inevitablemente organizados alrededor de incentivos y prioridades, según el país y su orientación política, estos pueden dirigirse más a resolver problemas sociales como combatir la pobreza, fortalecer capacidades estratégicas, aumentar la productividad o generar innovaciones capaces de producir beneficios económicos. Al mismo tiempo, el sector privado ha entendido (aunque más lentamente en América Latina) que invertir en investigación puede producir retornos económicos a largo plazo, traducidos en tecnologías, productos, procesos y patentes.

En unos pocos siglos hemos pasado de científicos casi solitarios, que perseguían sus obsesiones más profundas en laboratorios instalados en sus propias casas o en las de sus mecenas, a investigadores organizados en grupos, insertos en sistemas académicos y orientados por incentivos muy distintos. Estos sistemas, en continua transformación, han hecho posibles empresas científicas colaborativas extraordinarias, como el Proyecto Genoma Humano, pero también han transformado profundamente la vocación científica y la manera misma de hacer ciencia. Una transformación que vale la pena examinar críticamente.

No siendo los incentivos únicamente económicos, es importante reconocer que al tiempo hay también una profunda transformación de lo que significa ser hoy un científico-investigador prestigioso. ¿Qué determina el prestigio? ¿Qué inventivos rigen las carreras de los investigadores? ¿Dónde queda la vocación científica en las universidades o centros de investigación, cuando son regidos por estos sistemas?

2.       Sobre los incentivos académicos y la vocación científica

Nada de esto es necesariamente problemático. La ciencia siempre ha dialogado con los intereses de la sociedad que la financia. La universidad, sin embargo, debería conservar algo distinto adicional, tendría que ser capaz de dialogar con el Estado y con el mercado sin confundirse completamente con ninguno de los dos; proteger preguntas cuyo valor todavía no es evidente; sostener líneas de investigación que no prometen una rentabilidad inmediata, y ofrecer refugio intelectual a ideas que, precisamente porque son nuevas, todavía no cuentan con una coalición de financiadores detrás.

Sin embargo, la crisis de financiación de muchas universidades está reorganizando estos incentivos (tema que daría para otra columna mucho más larga que esta que ya vi que será larguísima, y que seguro leerán cuatro personas). En Colombia, quizás algo más tarde que en otros países, también comienza a sentirse. El móvil científico empieza a desplazarse, ya no se trata solamente de conseguir recursos para investigar, sino también de conseguir recursos para que el sistema que investiga pueda mantenerse y reproducirse.

Por eso vuelvo a la frase con la que comencé: hemos pasado de buscarle plata a las ideas a buscarle ideas a la plata.

No siempre, por supuesto. Todavía existen muchísimos investigadores que persiguen preguntas simplemente porque consideran que son importantes; científicos que sostienen durante años problemas que nadie quiere financiar, y universidades que protegen espacios de conocimiento cuyo valor no puede medirse inmediatamente en dinero, u otros más hábiles los que consiguen recursos para sus obsesiones, convenciendo a las financiadoras de su valor intrínseco o extrínseco, esas habilidades son legítimas y necesarias. Algunas de esas investigaciones terminan siendo reconocidas décadas después; otras producen aplicaciones que nadie habría podido anticipar cuando comenzaron. La historia de la ciencia está llena de caminos cuyo destino era imposible conocer en el punto de partida.

Sin embargo, quien haya sobrevivido suficientemente cerca de la academia moderna conoce también la otra realidad. Tenemos ahora tenemos una generación creciente de investigadores que, además de expertos en sus temas (y a veces ya ni siquiera lo son tanto), han tenido que convertirse en expertos en ganar convocatorias. Gente extraordinariamente hábil para responder preguntas como qué está financiando ahora NIH, qué quiere la Unión Europea, cuál es la prioridad del ministerio o qué palabras deben aparecer en el grant. ¿Inteligencia artificial? ¿Implementación? ¿Cambio climático? ¿Innovación? ¿Salud global? ¿Equidad, o quizás ya no, porque la palabra ha sido cuestionada o restringida en algunas agencias de Estados Unidos?

Y entonces ocurre una pequeña inversión intelectual que, repetida miles de veces, termina transformando el sistema científico, en lugar de preguntarnos qué problema merece ser estudiado y después buscar cómo financiarlo, comenzamos a preguntarnos qué problema deberíamos estudiar para conseguir financiación.

No hay que atribuirlo necesariamente a la corrupción ni a una falta de principios, en la mayoría de los casos. Muchas veces ocurre precisamente por responsabilidad. No se trata únicamente de mantener el propio cargo. Hay que pagarle al estudiante doctoral, renovar el contrato del investigador, mantener funcionando el laboratorio, sostener la base de datos que construimos durante diez años y responder por las personas que dependen del próximo grant. Así, el investigador que alguna vez necesitó dinero para hacer ciencia descubre, casi sin advertirlo, que ahora necesita hacer ciencia para conseguir dinero, y a veces termina haciendo “ciencia” entre comillas. Esa es la lógica que digo que se invierte.

La metáfora que cada vez me resulta más difícil evitar es la de los grandes bufetes de abogados o firmas profesionales. En algunas universidades y centros de investigación, el profesor exitoso empieza a parecerse al socio de una gran firma. La institución le proporciona una marca, infraestructura, reputación y un ecosistema, y a cambio se espera que atraiga contratos, grants, donantes, proyectos, estudiantes y alianzas. Los investigadores que consiguen millones amplían sus grupos, contratan más personas, publican más y obtienen mayor visibilidad; esa visibilidad aumenta su capacidad de conseguir nuevos recursos, los recursos aumentan el prestigio del centro y el prestigio del centro hace más probable conseguir nuevos recursos.

Una universidad puede tener cada año más investigadores, más centros, más edificios, más publicaciones, más millones en financiación y mejores posiciones en los rankings y, sin embargo, seguir sin responder una pregunta elemental, ¿todo este crecimiento está produciendo proporcionalmente más valor para la sociedad? No necesariamente.

El prestigio produce más prestigio. Una institución vinculada a Harvard, Cambridge, Oxford, Stanford o cualquier otro gran nombre no recibe reconocimiento exclusivamente por lo que hace, porque el reconocimiento previo modifica también las condiciones bajo las cuales será juzgado aquello que haga después. No hace falta ninguna conspiración para que el poder se reproduzca. Basta con que las decisiones perfectamente racionales de miles de personas produzcan, agregadas, un sistema que termina alimentándose a sí mismo.

El circuito puede ser extraordinariamente productivo y, precisamente por eso, conviene preguntarse hacia dónde conduce. Una maquinaria puede funcionar perfectamente y, al mismo tiempo, haber olvidado para qué fue construida. Esta preocupación alcanza incluso a algunos de los grandes centros académicos, donde sostener la maquinaria parece haberse convertido, cada vez más, en un fin en sí mismo, en lugar de seguir siendo apenas un medio para producir conocimiento.

 

3.       Las posibilidades para la vocación científica dentro de un ecosistema productivista

No me interesa tachar a determinados académicos de oportunistas, aunque todo sistema los produce. El problema interesante no es moralizar sobre los individuos, sino comprender en qué clase de personas terminamos convirtiéndonos cuando vivimos durante décadas bajo determinados sistemas de incentivos. Las instituciones rara vez necesitan decirnos que abandonemos nuestras convicciones, porque disponen de un mecanismo mucho más eficaz, y es que nos enseñan qué debemos desear. Durante mucho tiempo fue publicar, ser citado y alcanzar determinada posición. Ahora, en algunos espacios, es también conseguir el grant, hacer crecer el grupo, obtener otro grant que permita mantener el centro que creció gracias al anterior, ser promovido y, eventualmente, dirigir ese mismo centro.

En algún momento puede ocurrir algo mucho más serio que cambiar nuestras convicciones (porque cambiar de opinión es perfectamente legítimo), podemos olvidar que alguna vez tuvimos otras. El peligro no es hacer ocasionalmente algo en lo que uno no cree completamente, sino terminar creyendo que solamente es valioso aquello que la estructura recompensa.

Pero aquí aparece una dificultad que me interesa todavía más, porque ya no pertenece exclusivamente a la academia: ¿qué debería hacer entonces una persona que conserva una vocación científica en una universidad?

Supongamos que alguien quisiera construir una empresa científica (empresa en el sentido de proyecto humano, no necesariamente comercial) guiada por preguntas que considera importantes, haciendo investigación rigurosa y socialmente útil. Puede quererlo sinceramente, pero no dispone del mundo: no distribuye los recursos, no decide las reglas ni controla las universidades, los gobiernos, los financiadores o las prioridades económicas de la sociedad en la que vive. Ninguna vocación ocurre fuera de una estructura.

Y fantasear con que la realidad debería acomodarse perfectamente a nuestras convicciones individuales contiene también algo problemático, incluso algo narcisista. Nadie posee por sí solo el criterio suficiente para determinar cómo debería organizarse todo. Llevada demasiado lejos, la pretensión de imponerle al mundo nuestros ideales deja de ser idealismo y puede convertirse en autoritarismo.

Hay que negociar con la realidad, ser pragmáticos y conocer los límites, pero también tenemos que ser capaces de recordar los móviles profundos, y a veces primigenios, que nos llevaron a escoger una carrera científica.

 

4.       Volver a la ciencia, volver a nosotros mismos.

Max Weber formuló hace más de un siglo la tensión entre una ética de la convicción y una ética de la responsabilidad. No basta con decir “esto es lo correcto” e ignorar las consecuencias, pero tampoco basta con responder eternamente “esto es lo posible”, porque existe también una forma de claudicación que se disfraza de madurez. Llevo más de cuarenta años desconfiando de la madurez por esa misma razón.

Uno puede comenzar diciendo que acepta un proyecto para sostener algo importante, después aceptar otro para conservar al equipo y después otro porque perder la financiación sería irresponsable. Veinte años más tarde puede descubrir que dedica toda su energía a mantener una estructura que alguna vez construyó para hacer otra cosa. Sin duda estoy siendo dramático, pero la vida es corta, y sé que algunos comparten mi preocupación.

¿Cómo evitarlo? No creo que exista una fórmula. Tampoco creo ya demasiado en la idea de una esencia personal inmutable a la que debamos permanecer fieles. Las personas cambian, las preguntas cambian y cambiar de opinión, y de vocación puede ser, precisamente, una señal de honestidad intelectual. Pero una cosa es cambiar y otra muy diferente dejar de preguntarse por qué hacemos lo que hacemos.

Quizás la integridad consista, al menos parcialmente, en conservar esa incomodidad y volver periódicamente sobre algunas preguntas: ¿seguiría considerando importante esta investigación si nadie la financiara? ¿Estoy consiguiendo recursos para responder una pregunta o estoy inventando preguntas para mantener los recursos? ¿Este grupo necesita crecer para cumplir mejor su propósito o el crecimiento se convirtió ya en el propósito? ¿Estoy utilizando el prestigio de la institución para producir algo que considero valioso o he empezado a producir aquello que permite conservar ese prestigio?

Y tal vez la pregunta más difícil sea esta: ¿estoy usando la estructura o solamente la estructura está empezando a usarme a mí?

No se trata de abandonar las universidades, los grants, los indicadores o las instituciones. Sería una conclusión cómoda y probablemente inútil. La ciencia moderna necesita grandes organizaciones y enormes cantidades de recursos, y muchísimas de las cosas que han transformado la vida humana nunca habrían sido posibles gracias únicamente al heroísmo solitario de un investigador. El problema no está en tener una maquinaria, sino en permitir que la maquinaria termine determinando sus propios fines.

Porque entonces puede suceder algo paradójico, y es que la universidad prospera, el laboratorio crece, los investigadores publican, los grants llegan, el prestigio aumenta y todos los indicadores dicen que hemos triunfado, excepto que ya nadie recuerda exactamente qué era aquello que queríamos hacer cuando necesitábamos el dinero por primera vez.

Y quizá esa sea una forma particularmente contemporánea de perder una vocación, el no renunciar a ella de golpe, sino convertirla, poco a poco, en el mecanismo que utilizamos para sobrevivir.

Yo me resisto a que sea así. ¿Y ustedes?

 


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