El profesor Sandoval y el problema con las palabras

 Aquella tarde, mientras veía el centro de la ciudad desde esa cima a la que en veinticinco años no había subido, el profesor Sandoval confundió (de nuevo) el vértigo del precipicio de su propia vida con su recurrente problema del oído medio, que tantos días de vida le había hecho perder. Tantos días menos este, ahora que sabía o sentía que sabía, que se trataba de sus últimos días, y ningún vértigo podría detenerlo de enfrentar finalmente la profundidad de sus abismos.

Esta náusea, que hay que decir nunca tuvo pretensiones de ser existencial, lo había acompañado desde muy joven, y hoy se burlaba de sí mismo al imaginarse que entonces esperaba que con esos episodios fisiológicos fuera posible ahondar en la naturaleza humana, como si pudieran surgir experiencias existenciales cuando se quedaba en cama por el vértigo idiopático y paroxístico. Lo cierto es que nunca conseguía progresar en pensamientos más profundos que la pureza de su propia vulnerabilidad tan consciente en esas horas, que lo reducía a lo que puramente era, un cuerpo que al menos en esa época tenía fuerza el resto de los días, pero que esas tardes no era más que la sensación visual e intestinal de que las cosas giran, y la desesperación de que dejen de girar. Nadie puede filosofar en esas condiciones. 

La decisión de subir a la cima de la ciudad la había tomado impulsivamente luego de salir de un panel de la universidad, a donde lo invitan por costumbre y algo de negligencia institucional, y a donde asiste por inercia a llevar sus pensamientos, o a inventar apenas en segundos, mientras escucha las preguntas, lo que suena como fruto de un largo proceso de pensamiento, y que sólo algunas veces lo era. Secretamente se sorprendía, cuando hablaba se escuchaba a sí mismo, y se enteraba que pensaba lo que decía pensar, o no sabía en qué momento había tomado aquella una nueva convicción como si fuera fruto de un razonamiento silencioso o seguramente inexistente, pero lo que es más cierto tampoco estaba seguro de que creía la mayor parte de lo que decía en estos días.

Le había dicho a Arilio Gómez, decano de la facultad, que se había vuelto un recitador profesional de mierda, que ya no tenía ideas nuevas, sino palabras que surgían bajo una melodía idéntica, cuya sinfonía no cambiaba. La sinfonía de la nostalgia, donde todo lo que pensaba y decía se acoplaba a la misma música, o la misma canción con las mismas notas, como si ya no pudiera componer nada nuevo, sino tejer las palabras que iban saliendo sin razón sobre la misma música que ahora sentía en las tardes, a veces de pleno abandono, y otras breves tonadas de felicidad pasajera, como cuando veía a Verónica, toda elegante, en las noticias, hablando sociológicamente de la realidad política del país que le hastiaba, al menos hasta que era nombrado, entendido y resuelto desde los labios de ella.

En ese panel, en el que estuvo uno de sus exalumnos más pendejos, hoy convertido en un académico brillante que gana grants internacionales, y una señora que, al hablarle, le hacía sentir que lo odiaba con una convicción muy profunda y misteriosa por un agravio que él no recuerda haber causado, se había dado cuenta de que, ante las preguntas sobre las posibilidades del liberalismo en el nuevo presente, había resuelto el debate con una sincera idiotez, pero grandilocuente y altisonante, donde había declarado, citando al que no era, que “no todo estaba perdido si teníamos valor de aceptar que todo estaba perdido”, y había elevado su apuesta a una declaración emotiva sobre la necesidad de “mantener el mundo en que todos cabemos”, un cliché que le avergonzaba, pero que sobre todo le fastidiaba otra vez saber que no creía lo que decía, y aun así recibir los aplausos de un público que ya no era capaz de darse cuenta del vacío, y si se daban cuenta, no le decían que hacía tiempo que no decía nada nuevo, y que era un intérprete de un compositor muerto, que recitaba  la misma tonada obsesivamente, cubriendo todo con palabras nuevas, pero al tiempo falsas. 

De joven odiaba la grandilocuencia, precisamente porque amaba las palabras, y sentía que los excesos discursivos trivializaban el valor de decir las cosas como son, o como podrían ser. Hubo sólo una breve época donde se entusiasmaba con esas altisonancias, porque entonces sentía valor de verdad en ellos, y leía o escuchaba los discursos, como otros escuchaban las oraciones, pero a través de la desilusión de las palabras, migró hacia la desilusión de las ideas, y visitaba entonces los textos o escuchaba los discursos como quien visita ciudades en ruinas, desprovistas ya de todos sus sentidos. 

Desde entonces, detestaba los ataques líricos de quienes, embriagados en las palabras, tenían episodios dramáticos donde la voz sube, se repiten frases como estrofas, aparecen nuevos adjetivos, y se declaran frases solemnes, pero en el fondo vacías. Esos arranques donde alguien subía la voz y sacaba una sentencia que pasaba como una revelación profunda, le llenaban de desesperación, y sobre todo de vergüenza ajena por la degeneración del uso de la palabra, y de vergüenza propia por la degeneración de su capacidad de escucha. Extrañaba esa época, que sabía pudo no existir, donde se sentía poco, y se decía lo justo, cuando las palabras sinceras y proporcionales; cuando había más verdad en ellas.

Ahora él mismo se había convertido en un actor, uno al que sólo invitan a obras selectas como invitado especial o de reparto para llenar el panel, y a cada conferencia se preparaba desde el día anterior para entrar en personaje, consciente de que si lo invitaban tenía que interpretar al profesor de convicciones profundas e irrenunciables, que aunque no se mantiene en el pasado, reivindica unos valores intelectuales que hoy se encuentran bajo ataque, pero él sabía bien que siempre lo habían estado atacadas, aunque también sabía que esa nostalgia por cuando supuestamente no era así era también una grandilocuencia, y allí estaba viéndose a sí mismo, como un actor invitado, haciendo pausas, moviendo las manos, cambiando los tonos a los niveles que hoy su voz le permite, enfatizando en las sílabas, dándoles a todos el show que les pedían, interpretándose a sí mismo, aunque no quisiera estar allí, donde nadie es capaz de decirle que lo que dice es falso, y si no es falso es banal, y en todo caso es mentira, no porque sea objetivamente falso, sino porque ya no cree en sus propias palabras, o porque no son suyas, porque son palabras del personaje que interpreta desde hace tantos años, o que comenzó a interpretar desde que era un joven académico que creía que podía creer en tantas cosas. 

Era esclavo del propio personaje que tenía que interpretar para no desaparecer, porque no sabía ya ser otro, porque estaba demasiado viejo para ser otra cosa, porque era la única manera de ser llamado, y escuchado, porque incluso si fuera más sincero en su amargura tendría que anclarla al mismo arco narrativo de lo que supuestamente era, porque no podía sencillamente pararse y decirles: “dejen de hablar tanta carreta”, “veamos cuáles son las intenciones”, “déjenos de interpretar esta obra”. Quería pedir bajar al talón como un actor cansado, que quiere ser visto sin estar caracterizado, pero sabe de miseria que se vería, pero que esa miseria es la verdad, y la verdad es valiosa, la verdad es necesaria, debemos poner la verdad en el centro del escenario, se decía, pero no, para eso tampoco tenía fuerzas, eso no es lo que haría el profesor Sandoval, a lo máximo metería esa semilla en una frase hecha de tantas que colecciona. 

Cuando esas sensaciones pasaban, solía acordarse de Hugo Ramírez, quien le escuchaba sus peroratas hace treinta años y le decía: “deja de hablar mierda, pollo, que eso no es lo que usted piensa”, o más sencillamente le decía: “no, usted no cree eso,”, o más simple: “usted a mí no me engaña, Rodrígo, hablemos cómo son las vainas”. 

Hugo Ramírez, compañero detestable, famoso por sus comentarios desafiantes e irónicos, que sin embargo no tenía saña, aunque sí goce de ver deslocalizado al otro. Hugo Ramírez, el mismo que preparó en tercer semestre un ensayo contra sí mismo, que tituló así y que leyó como un acto de entierro del hombre que ya no quería ser cuando entonces coqueteaba con el nadaísmo, del que también se salió a las patadas y dando gritos. Hugo Ramírez, el mismo que también publicó una carta al padre donde reivindicaba el derecho a no quererlo, el mismo Hugo que lo invitaba a lo que ahora tanto anhelaba, que era a entender qué era lo que realmente sentía, a buscar, si no la verdad, la sinceridad suprema, a entender lo que realmente sucede, a renunciar a las palabras temporalmente para ver las miserias, el abismo, a enfrentar el precipicio, a sentir el vértigo, a sentirse mal, a sentir la culpa, el miedo, la vergüenza, a aceptar que se había actuado mal, que se era malo, pero un poco menos malo por verse así, puro, desnudo, sin consideración de sí mismo, y así comenzar a salvarse al menos de la mentira, a no seguir dejándose tragar por ese personaje de profesor que da conferencias y es aplaudido.

Bajó del escenario sin saber por qué sentía tantas ganas de ver a Hugo. La última vez, hace quince años, lo había visto en una cafetería de la Universidad Nacional. Él estaba sentado en la mesa del primer piso con un par de estudiantes de camisetas negras, él salía del segundo piso, y desde la baranda le había visto, y Hugo también a él, eso es seguro, levantándole el café como si se tratara de una copa de vino, pero aunque sí vio sus ojos unos segundos, volteó la cabeza como mostrándose perdido, y entró a dejar unas fotocopias con suficiente lentitud, esperando que se fuera, y luego había bajado adrede por otra escalera, y sin pensar en Hugo ni en lo que había hecho para no verlo. 

No era que no quisiera saludarlo, era, por un lado, que le fatigaba la posibilidad del encuentro; era también como si sintiera, lo había pensado varios días después, que era un castigo que se anteponía por algo que no sabía que había hecho, era como si no quisiera sentir ese día lo que sabía que sentiría.

Mientras atravesaba el auditorio el día que subió solitario a la cima de la ciudad, un señor también mayor le había tomado el codo, y le había felicitado. No vio su cara, o lo vio rápido, un vestido ocre, y le había hablado de una conversación de hace décadas, y el desesperado por irse, no le había puesto atención, mientras este le decía alguna cosa sobre “sentido de los signos”, y él pensaba en Hugo, y ese señor que lo separaba con su impertinencia de la posibilidad de hundirse en una nostalgia que quería explorar, y se desprendió con una excusa, y lo mismo le dijo a todos los que se atropellaban con él al salir del auditorio. Incluso le pareció ver a Verónica sentada atrás esperándolo, pero no, no quería desviarse quería ver el abismo, quería sentir la banalidad de las palabras, su problema, sus faltas, ver a Hugo decirle la verdad, y abrazar esa posibilidad de la verdad una vez más, necesitaba estar solo, o buscar a Hugo perdido en alguna cafetería, en alguna conferencia, o hundido quizás moribundo en una cama, sin teléfono ni contactos, sin saber dónde estaba o si era, o seguía existiendo.

Pensó en Hugo, como ese niño de preescolar, del que emocionado encontró su teléfono en un cuaderno en una caja, estando ya en tercero de primaria, y lo llamó, la mamá contestando que estaba en el parque, y él emocionado porque existía, y estaba en el parque del que iba a regresar, pero el que no regresó nunca fue Rodrígo, ni el profesor Sandoval, ni lo que sea que ahora era, porque luego se le olvidó volver a llamar, y el cuaderno su mamá lo tiró a la basura, y con ello el único recuerdo vivo de la bondad de otro niño de la temprana infancia. 

Desesperado subió la calle doce, a la cafetería más vacía, casi llegando a la circunvalar, allí se tomó un tinto, y vio con vergüenza sus dedos sobre el vaso, las uñas sucias, ya no se notaba a sí mismo, nadie lo hacía notar, nadie le decía que sus ideas eran pendejas, como nadie le decía que tenía la corbata mal acomodada o la camisa por fuera. 

Y entonces siguió caminando, atravesó la circunvalar como un loco, subió el teleférico pensando en Hugo, en la posibilidad negada de la verdad propia, llegó a la cima de la ciudad, la cima donde confundió (de nuevo) el vértigo del precipicio de su propia vida con su recurrente problema del oído medio, y sólo entonces en un banco frente a la ciudad donde había vivido, mirando hacia la universidad de donde había huido, comenzó a caer en cuenta que el señor mayor que le había tomado el hombro, del que había escapado, era casi seguro el mismo Hugo en el que estaba pensando en buscar, y lo que le había dicho era que lo esperaba “al final del sentido de los signos”, y que le había llamado por su nombre Rodrígo, y en esa pronunciación era claro que pedía ser reconocido. Y no, no es que fuera tonto o distraído, es que realmente no quería verlo, así como no quería realmente ver la verdad.



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