El último día del profesor Sandoval

 

La lluvia duró apenas cinco minutos, pero el profesor Sandoval sintió que era la misma lluvia fría de hacía más de cincuenta años. Aquella que, con doce años, lo dejó calado hasta los huesos en un parque, solo, mientras su padre (violento, cuya muerte nunca lamentó) bebía cerveza con su padrino en el pasaje Rivas.

No entró a ninguna cafetería. No buscó resguardo alguno. ¿Cómo busca casa un niño abandonado? Le daba vergüenza. Se quedó en la banca, empapándose, miserable y triste, mientras todos corrían a resguardarse en los almacenes de calzado. Él, en cambio, recibía la lluvia como si fuera un castigo autoimpuesto: como no comer, aunque tuviera hambre, para contrariar a sus padres; como no ir a ese paseo; como, años más tarde, no llamar a ese amigo, castigarlo a él, castigarse a sí mismo, y volver a castigarse al volverlo muerte, sin decirle nada. Y ahora, entrando mojado, sin correr, con la lluvia que hizo tiritar la mismísima estatua de Santander, con ese retorno físico, húmedo, brutal hacia su infancia, supo que ese era, sin ninguna duda, el último día de su vida.

Acababa de asistir a un seminario en la Virgilio Barco, donde habló de envejecimiento. Sintió que lo invitaban por compasión, como hacían siempre. Tenían que llamarlo porque hacía muchos años no tenía asistente. Él sabía que no tenía nada nuevo que decir. No porque no pudiera buscar algo nuevo que decir, sino porque ya no quería. Repitió lo mismo que llevaba una década repitiendo desde su retiro, desde que dejó, sin despedidas, su carrera de salubrista en una universidad privada que parecía pública.

Habló como pudo. Contó los chistes de siempre, que parecen nuevos porque ya casi nadie los cuenta, como aquel del cangrejo borracho que marcha derecho. Arrancó algunos aplausos que ya no significaban nada. Y, sin embargo, no podía renunciar a la tentación: el sonido de su nombre al ser anunciado, las palabras (a veces condescendientes, a veces sinceras) de admiración de gente que no conocía, o que conocía, pero olvidaba, como siempre le ocurrió con sus cientos de estudiantes.

Verónica llegó.

Para él, seguía siendo la mujer más hermosa del universo. Hermosa por imposible. Hermosa por conocer demasiados de sus secretos. Hermosa por la manera en que pronunciaba las palabras con detenimiento, como si no quisiera que ninguna se perdiera. Hermosa por cómo cantaba mal, por ese italiano fingido que nunca aprendió, y por esos artículos (casi surreales) que ahora escribía sobre la historia de las ideas de pureza de sangre y su relación con el sanitarismo durante la colonia: reflexiones desquiciadas pero fascinantes que nacían de leer páginas y páginas del archivo distrital.

En otros meses le enviaba fotos desde museos en ciudades lejanas, siempre con su marido, ese hombre que corría sin parar en todas las carreras del planeta, y al que ella acompañaba con el pretexto de visitar lugares históricos, comer y hacer el amor en otras latitudes. Fotos tenía muchas. Fotos como postales: un cuadro que, según ella, le recordaba algo que él no recordaba haber dicho jamás; un paisaje que le habría gustado compartir con él; una frase de alguien sabio; una tumba cuyo nombre le sonaba, pero que él no quería averiguar.

Sandoval sabía que esas fotos eran una forma miserable de amor: el amor que les quedaba. Y aun así prendía el televisor, pero se sentaba a mirarlas. A mirarla a ella. A veces su silueta, distinta ya a la de cuando la conoció, recién llegada del doctorado, con ganas de hacer tantas cosas, cuando lo convirtió en confidente de las miserias de su vida, y él le contó un montón de historias inventadas.

—Nunca había mentido tanto como en aquella época en que te conocí —le había dicho una vez. Aunque incluso eso también era mentira.

Él, que siempre tuvo miedo de ser feliz, seguía sintiendo la lluvia cuando ella cruzaba la plaza. Estaba allí: mojado, triste, solo, abandonado en ese parque que no lo había soltado en más de cincuenta años. “Físicamente”, pensó. Físico: lo que ya no puedo sentir. Físico: lo que no seré pronto. Sandoval se había sentado en la cafetería, en una mesa junto a la greca gigante, en el Café Pasaje, al lado del Rosario. Pidió un croissant viejo y un tinto. Destruyó los cubos de azúcar con una paciencia inútil entre sus dedos. Seguía adivinando que era ella la que venía.

Ella llegó y se sentó frente a él.

Veinte años de sentarse así. Ya no le decía “profe”, desde el día en que él le dijo que era una maricada seguir llamándolo así después de todo lo que había sido (o pudo haber sido) entre ellos, según ella, y según su amigo Emilio, el que tuvo cáncer de garganta sin ser fumador y que siempre votaba por los candidatos a decano que perdían.

Ella no sabía que ese era su último día. Él sí. Pero al verla, dejó de importarle.

Había ido, en teoría, a darle comentarios sobre un artículo que ella había escrito. Le dijo que lo había leído la noche anterior. No era cierto. Apenas lo hojeó veinte minutos antes. Ya no sentía culpa al mentir. No había ido por el artículo. Había ido por ella. A que le secara la ropa al verlo.

Y también (lo sabía) por esa otra necesidad más egoísta aún: ser visto. La misma que lo había llevado, después del seminario, a dar un paseo ridículo por la universidad, esperando que alguien lo reconociera. Apenas obtuvo el saludo de un contador viejo y el de un hombre que todavía vendía jugos.

En ese recorrido entendió algo peor: se había convertido en lo que siempre despreciaba. Un cliché. Uno de esos ancianos de los que renegaba en sus textos. Otro más entre los viejos del Café Pasaje.

Y, sin embargo, cuando Verónica se sentó y le dijo:
—Eres reconocible desde la ventana, desde la plaza—

Por un instante, dejó de ser uno más. Era alguien para ella. La última persona que recordaba quién había sido. O la única a la que todavía le importaba.

Sintió entonces un calor que lo curaba de la lluvia. Como si, por fin, se secara. Como si el niño en la banca dejara de tiritar.

Y volvió a estar vivo por lo que le quedaba del día. Por las horas que lo estaría (sabía), tal vez no todo, porque nunca es todo, pero sí casi todo era posible.

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