El fin de la Universidad

 

No hay nada —ni nadie— verdaderamente deslumbrante que, al mirarse de cerca, no esté lleno de sombras. Todo idilio está condenado a una desilusión futura: el amor por otro, la vocación profesional, los proyectos políticos... Todas las personas y todos los empeños humanos me han conducido, tarde o temprano, al desencanto. Toda búsqueda guiada por la promesa de la maravilla desemboca en un mundo distinto al imaginado, como les ocurrió a los conquistadores que perseguían el mítico país de la canela. Sin embargo, he comenzado a pensar que eso no es necesariamente malo —ni esencialmente trágico—.

Recuerdo que Efraín Medina Reyes decía que quería que su epitafio dijera: “No hubo nada ni nadie a quien no haya decepcionado.” Tal vez esta pulsión contemporánea por desacralizarlo todo y a todos sea, en el fondo, saludable. Nos permite ver las cosas con mayor complejidad. Y quizá sea precisamente en la decepción donde se abre la posibilidad de comprender, de descubrir, de ver —al fin— las cosas como son, y no como quisiéramos que fueran. Ese es el ejercicio que intento hacer con mi vida académica, y con ella, con el sentido profundo de la universidad.

La universidad fue, para mí, desde siempre ese oasis donde -casi- todas las voces del mundo parecían tener un lugar. Sin embargo, una de mis primeras desilusiones fue descubrir que incluso allí operaban hegemonías propias —que, aunque contrahegemónicas afuera, dentro ejercían su propio dominio—. También había grupos de poder que excluían, que crecían a costa de otros no siempre por medios éticos, y que reenvicaban antivalores que no podía compartir. Y, a pesar de ello, encontré en ese espacio una oportunidad única para reconocer la diversidad del mundo en los otros, y para reconocer en mí mismo la posibilidad de ser libre, en un momento donde -dentro de unos marcos mínimos- no había consecuencias de ejercer plenamente esa libertad de inocente de la palabra, y de la acción misma, aunque mi caso que la política no fue mi interés propio fue siempre simbólico.

Sentí entonces que el universo, el mundo social, las ideas, eran vastos e inabarcables, y que estaban allí. Que todo estaba abierto ante mí, que todo podía ser invocado, explorado, habitado. Cada libro, cada conversación, cada charla, cada concierto, era una puerta abierta a un nuevo mundo por conocer. Sentía que podía asomarme a todo, y muchas veces, ser parte de todo. En última instancia, creí —como ya no lo creo— que mis posibilidades eran infinitas.

En ese momento de la vida, era legítimo extraviarse y jugar a ser cualquier cosa. Aunque a veces termináramos convertidos en pantomimas seudofilosóficas o seudoartísticas —como esos real visceralistas de Los detectives salvajes—, incluso esas interpretaciones, esas poses que no siempre nos llevaban a ningún lugar concreto, eran recorridos extraordinarios. Desde ellas, veíamos el prisma del universo brillar ante nuestros ojos.

Esa fue para mi primero, la universidad: el universo completo y abierto en su inmensidad.

Lo segundo era, sin duda, la enseñanza y el aprendizaje. Con el tiempo —y tras analizar cómo fui educado— he llegado a una conclusión que me resulta tan evidente como incómoda: con notables excepciones, muchos de quienes eran brillantes investigadores o expertos reconocidos, eran también pésimos maestros. No sólo carecían de formación pedagógica, sino que ni siquiera mostraban interés en formularse preguntas sobre la efectividad —ya no digamos el marco epistemológico— de sus métodos de enseñanza.

Y, sin embargo, fue allí donde descubrí algo que no he vuelto a encontrar con la misma intensidad: el poder que puede tener una persona, más allá del aula, para inspirarnos con sus pasiones, sus gustos, sus valores, y mostrarnos un camino, que, para muchos como yo, no habría sido posible intuir de otra manera. Algunos -pocos- profesores nos hacían sentir que también nosotros podíamos visitar esos territorios físicos y simbólicos por los que ellos habían transitado. Que podíamos aspirar a ser como ellos, o incluso mejores. Aunque con los años descubriéramos que algunos no eran tan brillantes —y, sobre todo, no todos tan éticos— como nos parecieron en el momento en que nos deslumbraron.

Eso fue entonces lo segundo, un espacio para ser inspirado política, ética y estéticamente por otros.

La universidad era también ese espacio extraordinario donde uno podía encontrarse con alguien apasionado por los helechos, otra por la evolución de las arañas, otro por la vida social de las abejas angelitas, otra más por la historia del lenguaje, de la medicina, de la violencia, el origen y la muerte de las estrellas. Y aunque cada vez más ese amor por el conocimiento debe ceder ante los intereses de las agencias financiadoras de la investigación, había algo profundamente inspirador en descubrir la pasión con la que algunas personas —jóvenes y viejas— dedicaban sus días y sus noches a pensar. A pensar en las cosas, en las ideas, y en las ideas sobre las cosas.

Pensaban para descubrir algo, por mínimo que fuera, y que no todo tuviera el valor directo en la productividad económica como algunos quisieran que fueran, o en la justicia social como otros quisieran. Era una búsqueda continúa y siempre inacabada, como cuentan que respondió Newton cuando le preguntaron cómo había formulado sus leyes universales: "Pensando en ello, noche y día."

De terceras, no podría dejar de mencionar el papel de la universidad en la movilidad social y su contribución a la equidad. Era posible encontrar allí personas de todas las regiones del país, de todos los orígenes sociales. Muchos de nosotros llevábamos apenas dos mil pesos en el bolsillo, y no pocas veces le pedíamos al conductor del bus que nos dejara subir “dos por mil”. Y no era sólo por la promesa de un futuro mejor —que no todos alcanzan, lo sé—, sino porque desde ese momento se nos abrían experiencias y oportunidades que, de otro modo, nos habrían sido negadas. Oportunidades que, al igual que ciertos tipos de conocimiento, habían estado históricamente reservadas a las élites.

Estar allí ya nos convertía en privilegiados. Incluso frente a personas de nuestro propio barrio, de nuestra propia familia.

Debo decir que gran parte de las oportunidades laborales que he tenido en la vida, viniendo desde el Barrio Barcelona —haber sido director en un ministerio, investigador internacional, o subsecretario de salud— se las debo, en buena medida, a la educación que recibí en la universidad pública. Y me parece importante subrayarlo. Es innegable que en gran medida fue esa formación, sus maestros, y las personas que conocí dentro y fuera de las aulas, lo que abrió para mí caminos que en ese momento era impensables, tal como lo sentí cuando entré por primera vez al edificio en Johns Hopkins como investigador, y no podía creer que yo estaba allí. En ese momento no sentía que era merito mío, sino de la ayuda de muchos, y es que parte de lo que motiva justo a ser profesor universitario, es favorecer las oportunidades para otros, como muchos lo hicieron para mí.

También sé que la educación técnica tiene un enorme valor, y que puede contribuir de manera decisiva a la justicia social. Del mismo modo, la educación virtual —como la que ofrece la Universidad Nacional Abierta y a Distancia—, si bien no brinda necesariamente las mismas experiencias que he relatado aquí, cumple un papel fundamental en la movilidad social. Ha transformado la vida de miles de personas en el país, y lo ha hecho de formas profundas y sostenidas, aunque muchas veces no se le haya reconocido el lugar que merece.

Sé que no todos han tenido las mismas oportunidades; que muchos, con razón, se sienten frustrados al salir y no encontrar lo que esperaban. Soy plenamente consciente de que he tenido suerte. Pero también me consta —y los datos lo confirman— que, en promedio, aunque con muchas variaciones según la carrera y otros factores, quienes pasan por la universidad suelen alcanzar mejores condiciones de vida, mayores oportunidades de realización personal. Y me gusta pensar que, en algunos casos, incluso vidas más plenas y felices. `

Y, tal como comencé este texto, sé que la universidad no es solamente eso. También es un espacio atravesado por experiencias perversas, incoherentes y, muchas veces, dolorosas. Existe el maltrato académico, existen todas las formas de acoso, hay intereses legítimos en conflicto, pero también otros que no lo son, y no faltan quienes luchan por mantener agendas egoístas o preservar parcelas de poder sin importar a quién excluyan o perjudiquen.

Existen también profesores mediocres, proyectos sin sentido —no hablo aquí de valor económico o social, sino de cualquier valor— que subsisten sólo para justificar su propia continuidad o sostener la influencia de unos pocos. Soy plenamente consciente de todo ello. Y no lo digo con nostalgia ingenua, ni bajo la ilusión de que esto sea algo nuevo, producto de una supuesta “decadencia moral” reciente. Esas dinámicas siempre han estado ahí, aunque es cierto que las lógicas actuales —de mercado, de gestión, de competencia, muchas veces desprovistas ya de su valor científico— han intensificado algunas de sus manifestaciones.

Es curioso pensar, a esta altura del texto, que cuando me senté esta mañana frente al computador, mi intención era escribir una reflexión sobre la evolución de la educación universitaria. Iba a contar cómo pasamos de valorar los títulos académicos, a otorgar un peso excesivo a las publicaciones científicas, hasta llegar al punto en que hoy —en muchos espacios— lo que realmente importa es la capacidad de atraer recursos económicos.

La idea era advertir sobre los riesgos de importar sin reflexión crítica los modelos de soft money a nuestras universidades como manera de enfrentar la fuerte crisis económica que enfrentar las universidades por la reducción de la matrícula. Pensaba hablar sobre cómo, si bien es fundamental que la universidad amplíe su participación en los asuntos sociales y genere contribuciones directas y tangibles, no debemos perder de vista el valor profundo —y no siempre inmediato— de la búsqueda del conocimiento en sí mismo. Y que, al menos para mí, no hay un lugar más legítimo para ello —aunque no sea el único— que la universidad. También quería hablar porque sin perder los beneficios de la virtualidad es necesario mantener la universidad como un lugar físico, donde nos encontremos con otros.

Eso era lo que iba a hacer. Solo pretendía hacer una breve digresión emocional al comienzo. Pero es tanto lo que me inspira este tema, tanto lo que me mueve, que me dejé llevar, y acá me toca ya cerrar por agotamiento este texto sobre el fin de la universidad, pero termino siendo un testimonio sobre la vida que la universidad aún tienen en mí.

Muchos dicen que la universidad está destinada a desaparecer. Es cierto que nada es para siempre, y que nada permanece igual. No deberíamos temer esos cambios, ni aferrarnos al pasado únicamente por miedo a perder nuestro lugar, ni siquiera por la fuerza de nuestra nostalgia.

Pero sí es necesario mirar —no solo con los ojos de la razón, sino con la honestidad que solo permite el amor— lo que la universidad ha sido y puede seguir siendo Para nosotros. Porque en un mundo que ya no es, que nunca será, y que tal vez nunca fue como creímos, y así tiene que ser, pero necesitamos preservar —o al menos encontrar— un lugar para aquello que representa: el asombro, la búsqueda siempre inacabada, la posibilidad de ser más libres y humanos.

Ciertamente, la universidad no es el único espacio donde todo esto puede ocurrir. Pero, al menos para mí, es claro que quedan muy pocos lugares en el mundo donde aún sea posible vivir algo parecido.

Comentarios

  1. Muchas gracias por compartir me siento muy identificado, también he sido maestro universitario muchos años y saber que algunos alumnos me superaron en dedicación y/o talento, como seguramente le sucedió a sus profesores dejó de ser un motivo para el auto reproche y paso a ser una gran satisfacción, nada mejor que inspirar a alguien

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