Los cajones de los muertos
Hubo una época donde nadie se había muerto, era como si todos hubieran existido desde siempre. O era siempre, porque siempre de algún modo comprende la distancia donde antes nadie era nada para uno, porque uno no era nada para nadie. Hubo una época, recuerdo haberlo pensado así en la cocina de leña de la abuela de Monguí, donde a los ocho años era consciente, en esas revelaciones lúcidas de hechos evidentes que tienen los niños, de que todos los que existían para mí estaban vivos. Los muertos eran entonces sólo titulares de los noticieros, desconocidos fallecidos por una bomba implacable, alguna masacre, un accidente de carretera, acaso por mucho la familia que vimos una vez, o recuerdo haber visto sólo una vez, de la que luego supe que un tío, una madre y una suegra habían muerto, y mi mamá me explicaba que al niño superviviente le habían cosido la piel de la nalga en la cara y la garganta, y yo, aterrado, me imaginaba eso, y me aterraba esa cirugía misteriosa mucho más que lo qu...