El fin de la Universidad
No hay nada —ni nadie— verdaderamente deslumbrante que, al mirarse de cerca, no esté lleno de sombras. Todo idilio está condenado a una desilusión futura: el amor por otro, la vocación profesional, los proyectos políticos... Todas las personas y todos los empeños humanos me han conducido, tarde o temprano, al desencanto. Toda búsqueda guiada por la promesa de la maravilla desemboca en un mundo distinto al imaginado, como les ocurrió a los conquistadores que perseguían el mítico país de la canela. Sin embargo, he comenzado a pensar que eso no es necesariamente malo —ni esencialmente trágico—. Recuerdo que Efraín Medina Reyes decía que quería que su epitafio dijera: “No hubo nada ni nadie a quien no haya decepcionado.” Tal vez esta pulsión contemporánea por desacralizarlo todo y a todos sea, en el fondo, saludable. Nos permite ver las cosas con mayor complejidad. Y quizá sea precisamente en la decepción donde se abre la posibilidad de comprender, de descubrir, de ver —al fin— las...